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>Saqueo cultural de Latinoamérica

>Va un mensaje recibido recientemente. Para profundizar, se recomienda Las venas abiertas de América Latina. México: Siglo XXI

Saqueo cultural de Latinoamérica

por Fernando Báez
para La Nación, Argentina
http://www.lanacion.com.ar/775915
Domingo 29 de enero de 2006
Publicado en la ed. impresa: Suplemento Cultura

Desde la conquista, la rapiña de los tesoros de arte y la destrucción de escritos han causado un daño irreparable para la memoria de millones de seres

Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serán creadas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades.
Simón Bolívar, Carta de Jamaica, 1815

Desde hace quinientos años, América Latina ha sido sometida al pillaje más despiadado de la historia: sus veintidós millones de kilómetros cuadrados han sufrido el expolio y la destrucción de la mayor parte de sus recursos. Por turnos, se han llevado y se siguen llevando el oro, la plata, el cobre, el carbón, el aluminio, el hierro, el gas y el petróleo. En el Códice Florentino, a propósito de la devastación de la capital azteca de Tenochtitlan a manos de Hernán Cortes, se comentaba sobre los españoles del siglo XVI: “como unos puercos hambrientos ansían el oro”. Cuando los conquistadores españoles desembarcaron en México, España empezaba a existir como nación tras el genocidio y expulsión de moros y judíos. Se ha calculado que España extrajo de América latina cuarenta millones de pesos hasta 1560, que equivaldrían a quinientas toneladas de oro. El caso es que, como recuerda Joseph Fontana (“La crisis colonial del antiguo régimen español”), en 1785 el conde de Aranda le pedía al conde de Florida blanca exprimir al máximo a las colonias del Nuevo Mundo, y esto se cumplió a medias porque en el saqueo comercial también participaron ingleses, italianos, franceses, alemanes, portugueses y holandeses.

Desde la Época colonial, las plantaciones se convirtieron en un instrumento para someter las economías locales y obtener productos a bajos precios por el uso de esclavos. Para dar una idea de las ganancias, vale la pena comentar que Inglaterra financió sus guerras contra Napoleón Bonaparte sólo con un diez por ciento de los altos ingresos obtenidos por sus plantaciones de azúcar. Lo cierto es que la política frenética de arrasar los bosques y malgastar la fertilidad de los suelos durante siglos tuvo su costo ecológico porque, a la par de la actividad minera, destruyeron sin remedio la biodiversidad de la región en un cuarenta y siete por ciento. En Brasil, la explotación de azúcar y caucho arruinó millares de hectáreas; en Argentina y Paraguay, los bosques de quebrado fueron devastados; en Venezuela, las plantaciones de cacao sólo dejaron ruina a su paso; en Colombia, el café fue la principal causa de extinción de tierras cultivables y esta tragedia se repitió en Centroamérica con la fruta. Las ganancias de estas plantaciones no contribuyeron al desarrollo de los países donde se encontraban.

Durante la época de la Conquista, unos pocos miles de soldados españoles exterminaron casi totalmente a una población de cien millones de indios.
Hoy sólo quedan veintiseis millones. En Santo Domingo, por ejemplo, la población nativa, que inicialmente contaba con casi cuatro millones de personas en 1496, en 1570 era apenas de ciento veinticinco mil seres humanos. En México, los veinticinco millones de habitantes se transformaron en un millón entre 1519 y 1605. En el Perú, seis millones de indígenas llegaron a ser un millón entre 1532 y 1628. Contra esta masacre se pronunciaron los mismos españoles, como lo demuestra el sermón “Una voz que clama en el desierto” del dominico Antonio de Montesinos, quien en 1511 se atrevía a deslegitimar la conquista: “Decid, ¿con que derecho y con que justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con que autoridad habeís hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacificas?” Fray Bartolomé de Las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, se quejaba en su momento: “Porque son tantos y tales los estragos y crueldades, matanzas y destrucciones…” Según plantea el ensayista Tzvetan Todorov en La conquista de América.

La cuestión del otro (Siglo XXI), el genocidio contra los indígenas fue mayor al sufrido por los judíos en el siglo XX. Sólo las enfermedades epidémicas traídas por los soldados provocaron quince millones de muertes. Hubo otro genocidio que fue el de los esclavos traídos desde África: entre cinco y seis millones murieron en el viaje por mar y un número superior falleció en las minas o por maltratos.

A partir del siglo XVI, Latinoamérica, que subsidió a las grandes potencias por turnos con la complicidad de clases dirigentes dóciles y corrompidas, ha sido una vasta fabrica de pobreza y de hambre: entre 1600 y 1800 solo un dos por ciento de la población poseía la riqueza; para el 2005 hay quinientos cuarenta millones de habitantes, pero doscientos veintidós millones de pobres, de los que ochenta y ocho millones son indigentes. Cada año mueren doscientos mil niños de hambre. Hay ochenta por ciento de pobreza en los sectores indígenas. El diez por ciento de la población total vive con menos de un dólar al día.

La destrucción de América latina, sin embargo, afecta también a los sectores culturales: la memoria histórica fue objeto de manipulación, fuego, robo y censura. El proceso fue lento y sistemático, feroz e implacable: hoy sabemos que el sesenta por ciento de toda la memoria escrita de la región desapareció. Un cincuenta por ciento por destrucción premeditada y un diez por ciento por desidia. Más de quinientas lenguas se extinguieron para siempre.

Acaso la destruccion de la memoria histórica latinoamericana comienza con el ataque de los conquistadores españoles en Tenochtitlan en 1521.
Bernal Díaz del Castillo relata en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: “Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan afuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, collares de los dioses, las lunetas de la nariz, hechas de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro. Inmediatamente fue desprendido de todos los escudos el oro lo mismo que de todas las insignias. Y luego hicieron una gran bola de oro, y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que restaba, por valioso que fuera: con lo cual todo ardió”. Los frailes Fray Juan de Zumárraga y Diego de Landa se encargaron luego de hacer desaparecer el noventa por ciento de los códices mayas.

En 1532, Francisco Pizarro, un eminente conquistador analfabeto, sometió a Atahualpa y le pidió un rescate. Con ingenuidad, el Emperador de los Incas le entregó cientos de objetos que luego fueron fundidos en 6080 kilos de oro y 11872 kilos de plata. De esta forma se aniquilaron obras de arte valiosísimas. Posteriormente, las tropas españolas acudieron al Templo del Sol en Cuzco y arrasaron con todo lo que encontraron a su paso y las esculturas de oro las fundieron sin misericordia.

Este memoricidio, cometido en la Época del humanismo clásico, avalado por los mejores pensadores europeos, fue premeditado: los distintos proyectos imperiales transculturizaron por igual a indígenas y africanos para someterlos con una derrota total. Como bien se sabe, ningún imperio puede sostenerse solo por la fuerza de las armas o de un modelo económico y político, se requiere la imposición de valores culturales y la practica de la damnatio memoriae sobre los pueblos vencidos. Dado que la memoria es el vínculo más importante de la identidad nacional, es el primero en ser amenazado o atacado.

Entre el siglo XVI y el siglo XXI, bibliotecas, archivos, ediciones crónicas, piezas de arte prehispánico o colonial y de la etapa modernista y surrealista fueron arrasados, olvidados o expoliados. Decenas de bibliotecarios y archivistas fueron asesinados desde México hasta Tierra del Fuego, lo que convierte a estos oficios en los oficios más riesgosos del continente después del relativo a los periodistas y sacerdotes.
Durante las dictaduras de las décadas de los sesenta y ochenta, numerosas editoriales fueron victimas de ataques violentos y miles de escritores fueron asesinados o exiliados. En los actuales momentos, están desapareciendo miles de libros del siglo XIX debido a la falta de presupuesto para su restauración y conservación. El cincuenta por ciento de las bibliotecas latinoamericanas soporta abandono y desidia, y lo mismo pasa con los archivos.

Otro grave problema heredado es el tráfico ilícito de obras de arte y de objetos arqueológicos: aumenta sin medida por la demanda de compradores inescrupulosos interesados en piezas fundamentales de las culturas precolombinas. Se tiene certeza de que el ochenta por ciento de los asentamientos arqueológicos de la península de Yucatán han sido saqueados. En su búsqueda, los saqueadores han destruido monumentos y tumbas en Ecuador, Colombia, México, Belice, Guatemala y Honduras. Cada asentamiento recuerda un paisaje lunar. En Amazonas, roban urnas amazónicas; en Costa Rica y Panamá trafican con Águilas colgantes de oro. No hay un solo museo arqueológico que no haya sido robado. En el
Museo Carlos Zevallos Menéndez de Guayaquil, una banda disimula el robo de mascaras Tumaco-Tolita con un incendio en el edifico que arruina cientos de obras. Los denominados huaqueros, en su afán por conseguir cerámicas del periodo Moche, Keros incas o remos labrados Chimá y Chincha, han provocado un saqueo total en Perú con el silencio de las autoridades.

Esta es la realidad. Los historiadores resaltan con vergüenza la quema de libros en Alemania durante la Época nazi, condenan la destruccion de la cultura de los bosnios a manos de los serbios, pero ignoran la quema de los códices aztecas a manos de religiosos cristianos españoles. Quiero manifestar aquí que cuando visite México en 2004 para asistir a la presentación de una edición de mi obra Historia universal de la destruccion de los libros, intento rastrear con mejores documentos la eliminación de los escritos mayas y fue bien poco lo que pude encontrar.
Hay un silencio letal sobre este asunto, que a veces se traduce en un artículo emocional; jamás en un estudio detallado que compile todos los bienes culturales latinoamericanos desaparecidos o destruidos hasta la fecha.

En verdad, creo que a pesar de los esfuerzos evidentes por entender el pasado desde una perspectiva más plural, los latinoamericanos todavía sentimos vértigo a la hora de examinar nuestra historia.

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