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Servicio de urgencias

Uno de los peores momentos en la vida de una persona es llegar mal a un hospital. Peor: llegar mal a urgencias de un hospital público de la ciudad de México (por supuesto que desgraciadamente mucha gente de otras partes del país ni siquiera puede llegar a un mal hospital). En urgencias se refleja lo mal que está y que estamos todos en una ciudad deforme, desorganizada y mal administrada. Hay que tener mucha paciencia y mucha necesidad para tragarse la grima que da ver una larga lista de carencias y contrastes. Por ejemplo, hay unas grandes pantallas delgaditas Samsung bien padres empotradas en el techo de una sala en la que faltan asientos, y varios de los que subsisten o no tienen el respaldo o les falta el asiento.

Normalmente no hay ni camillas ni sillas de ruedas disponibles para el paciente. No hay un vaso ni agua con que llenarlo. No hay papel higiénico ni servilletas ni nada para limpiarse una vomitada o sonarse la nariz o limpiarse en el baño. Mucha gente tiene que sostener su propio suero en alto con la mano que le queda libre. En algunas salas no es raro que haya un radio a buen volumen y casi es seguro que en todas hay siempre un taladrante golpeteo de máquinas de escribir. El ahorita y el ratito pueden equivaler a horas que, con el dolor que llevó a alguien a tan mal lugar, el ambiente de aire pesado, ruido de baladas nauseabundas, teclas, quejidos y penetrantes olores a chis, caca y enfermedad, pueden parecer días.

Los médicos  y las enfermeras pueden ser ángeles o pesadillas; amables o déspotas, insensibles o atentos. Los que no son ineptos, funcionarios, jefes, charros o esquiroles, no hacen un trabajo fácil; ni en las mejores condiciones ni con una remuneración equivalente a su esfuerzo.

En urgencias se reproducen las incongruencias nacionales (cortinas de lujo en la oficina del director y butacas de plástico tuneadas para fungir como sillas de ruedas); las deficiencias (no tenemos ese medicamento, vaya a comprarlo);  y las frustraciones (el paciente en una silla dura durante horas con un calmante como medicamento administrado).

Una viejita salió de una crisis de hipoglucemia. La llevaban seis personas. Eran las 2 de la madrugada y querían taxi. Les cobraban ciento cincuenta de Balbuena a pasando Santa Marta Acatitla (vivimos “de este lado”, le dicen al taxista). No quisieron. En cerca de 40 minutos pararon a 5 o 6 taxis, de los pocos que pasaban a esa hora,  y no se iban. La viejita, con unos trapos encima, despeinada, en chanclas, recién dada de alta, no se podía ir a su casa, misma en la que seguro vivían todos los acompañantes, porque entre los y las seis no podían juntar 150 pinches pesos para irse. ¿Cómo van seis persona a llevar a una viejita a urgencias al hospital y sin dinero? ¡De hecho cómo van a cualquier  lugar seis personas con una chingada viejita! –y sin dinero (después recordé que dos o tres de ellos se compraron unas tostadas y unas cocacolas mientras la viejita estaba adentro). Obviamente, sí traían, pero seguramente pensaban cosas como y yo por qué voy a poner más pal’ taxi que el huevón de mi cuñado, o la mamona de mi hermana o este pinche bolsudo de mi primo, etc., etc., etc.

Un reguetoneroque va presionando su propia camiseta ensangrentada contra el rostro, llega acompañado por la novia o hermana, quien dice a los médicos: lo acaban de picar en la cara. Y uno de ellos pregunta con sorna ¿nada más en la cara?… pásalo para allá.

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