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Archive for 20 octubre 2011

Una simple maestra

El otro día una profesora de español platicaba que una alumna re fresa y mamona, le dijo, en un español más o menos tropezado, que no es éste con el que escribo: “qué curioso que pueda hablar contigo de temas de política e historia, porque tú eres una simple maestra (con ademanes de desdén y todo incluido) y yo me relaciono con la gente más importante y rica de este país, pero con ellos casi no puedo hablar de estos temas”. Quienes escuchábamos, le dijimos que qué le había respondido a la chingada vieja payasa. “No le dije nada, como que no la pelé”.

Creo que esas cosas sí se deben pelar. Al margen de las apariencias físicas y externas (ropa, arreglo, adornos, etc.), la actitud habla mucho de la manera en que alguien es tratado. Una amiga de una amiga fue a Italia y la trataron con cierto desprecio, y ella entró al juego y agachó la cabeza. Volvió diciendo que los europeos son unos mamones (habla como le fue en la feria). Otra amiga, que fue allá y que lo mismo hace acá, no para de darles lecciones de historia, política y economía a un inglés y un holandés que no tienen la menor idea de qué han hecho sus países a lo largo de la historia. Ha convivido con gringos retirados y saca los trapos al sol sobre la actuación de su país en el continente a lo largo de los últimos doscientos años. Esta última amiga, generalizando, no ve en los europeos o gringos a unos mamones, sino a unos babotas inconscientes, literalmente, que terminan por decir: “pero de dónde sacaron a esta niña”.

Conozco el lado opuesto a la “humilde profesora”, gente que tiene el ego elevadísimo y al menor intento de sobajamiento, ya están sacando todo su arsenal mental que ni la apariencia física ni la ropa reflejan. Son los extremos, y en medio está la mínima dignidad individual, el aprecio hacia uno mismo que a veces parece irrelevante, pero a la postre forma parte de los pequeños detalles que hacen la diferencia.

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El Superama de Polanco

Últimamente frecuento Polanco, uno de los lugares más fresas y caros de este país. Es el claro ejemplo de las enormes diferencias económicas, raciales y sociales que podemos ver en esta ciudad “mostro”. Y hay un lugar en  el que esto se concentra: el Superama de afuera del metro Polanco. En los pasillos de este supermercado se ven el México de arriba y el de abajo: lo mismo se ve a una señora ultra caucásica con niños que parecen de cien watts de lo blancos y relucientes que están, escogiendo champiñones holandeses, que a un albañil con marcados rasgos de escultura de La Venta o Tres Zapotes buscando una lata de chiles jalapeños. No falta el wey super modelo tipo Gucci, que parece recorte de revista y anda escogiendo unos quesos a go-gó, junto a la señora gordita con uniforme de sirvienta que lleva de la mano a unos niños que evidentemente no son suyos. Literalmente es esto un mercado: son los méxicos que se juntan pero no se tocan, se ven pero no se miran. Acá se oye italiano, acá inglés, en la misma fila chilango de oficinista y portugués de empresario.

Cada cual su mundo, cada quien su Polanco, que para unos es su barrio y para otros su fuente de trabajo, donde ven, pero no tocan.

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¿Funcionan los viajes reencuentro?

Hay mucha gente por este país, especialmente en las playas, que anda viajando sola, viene del otro lado del Atlántico, con mochilas padres y chanclitas con vélcor. Otros vienen del norte o de muy al sur. Como que vienen a un punto medio a buscar su punto medio. Traen un montón de problemas y mucho bloqueador solar del más fuerte. Vienen a encontrarse, a perderse para hallarse. Algunos son citadinos locales perdidos que vienen a lo mismo. ¿Y qué pasará con los que se buscan y ya viven en los lugares a los que llegan los que se buscan? ¿Esos a dónde irán?

Cuando uno se ha perdido o realmente nunca se ha encontrado, sale a buscarse. Los monjes orientales más bien recomiendan recogerse y hundirse en uno mismo. Más barato, menos divertido y más difícil. Quién sabe si más efectivo. Uno está perdido cuando se pregunta, ¿estaré perdido?, ¿sí me hallo? En esos momentos hay que hacer la mochila (la maleta no, ésa es para cuando uno ya es normal) y meterse a buscar el hostal más piojo para irse a pasar una temporada cazándose  uno a sí mismo. He visto gente que usa una o dos rastitas disimuladas, sabe hacer algún malabar, huele a lenteja remojada y hace algún tipo de trabajo comunitario, solidario, alter, pro algo, en defensa de, orgánico, anti algo, under o similar. Parece que esto ayuda a encontrarse.

A este país viene mucha gente a encontrarse. Miles de kilómetros de viaje para saber de qué están hechos, para qué están en este mundo y qué van a hacer con los años que les quedan de vida. Yo he pensado que para encontrarse no hace falta ir tan lejos, pues si se trata de viajar al interior de uno mismo, basta con subirse a la azotea o recogerse en el propio aposento. Pero no es igual. En estos meses en los que he estado en relativo recogimiento, reconozco que me conozco tanto menos que antes de empezar a ponerme atención.

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Las aventuras de Capulinita

octubre 12, 2011 2 comentarios

Con la muerte del Capulina me acordé  de mi colección de Capulinitas. En realidad sus películas no me gustaban. Desde niño se me hacían simplonas, y de más grandecito, peor. No por eso dejé de tener un disco, supongo que el del Circo de Capulina o algo así. Cuando coleccionaba sus cuentitos, hacia principios de los ochenta, casi mediados, era yo tan obsesivo, que los guardaba en bolsitas en un cajón especial y frecuentemente los ordenaba. También tenía números especiales, que eran de formato un poco más grande. Mis recuerdos que guardan conexión con los Capulinitas son muy puntuales: por comprarme uno robé mis primeras monedas y con ellos desarrollé la habilidad de leer fluidamente. Uno de mis recuerdos más remotos, tal vez hacia mis 5 o 6 años, es la imagen de estarme retorciendo de la risa en una sillita de palo tejida con rafia. Una vecina preguntaba a mi madre que por qué me reía tanto y ella contestó que era porque estaba yo leyendo un Capulinita. Ahora que lo pienso no sé cómo me reía tanto con las peripecias de un burócrata frustrado, amolado y querendón chingüengüenchón, pero al final inocente, como el pseudo porno suavecito de Mauricio Garcés.

Un día, no me acuerdo por qué ni para qué, salí  a ofrecer en los puestos de revistas usadas todos mis cuentitos  -que no llamábamos comics: Archis, Capulinitas, Simón Simonazos, Videorisas (normales y especiales), Pequeñas Lulú, Memines y algunos que otros más. Seguro no me han de haber dado nada y con esa poca cantidad tampoco he de haber hecho ni madres, si acaso írmela a gastar a las “maquinitas” o en los tacos, de los que también era fan.

Se fue Capulina.  Y con él la oportunidad de invertir en el Banco de Capulinita, cuyos socios aparecían en la cuarta de forros enmarcados por monedas que iban de 5 a 50 pesotes. Seguro habría más réditos en ése que en los actuales. Al menos saldría uno en la foto.

Unos links y un facebook sobre Capulinitas

http://laloncheradelosrecuerdos.blogspot.com/2010/02/la-aventuras-de-capulina.html

http://es-es.facebook.com/pages/Aventuras-de-Capulinita/162704270458726

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Attenberg / Athina Rachel Tsangari, 2010

La incapacidad para soportar a la gente y  la facilidad para encontrar repugnante el contacto carnal y paradójicamente desearlo, hacen pensar en lo mal que está todo y lo peor que está uno.  Es muy fácil hartarse de las conductas anodinas reiterativas que no llevan a nada; pero a veces no es fácil salir de esa espiral y cada vez volvemos a entrar en ella y desde adentro queremos cerrar los ojos, romper con todo eso y salir corriendo, pero apenas los abrimos, vemos que no hemos hecho nada y que todo sigue igual y no sabemos hasta cuándo.

En la Grecia actual, en la que del pastoreo pasaron a los Bulldozer, como dice Spyros en la cinta, Marina experimenta entrar en contacto con la gente. No es fácil para quien ha crecido en un mundo privado y reducido, en el que los sinsentidos surrealistas,  las fantasías y los juegos de palabras son cosa corriente y, tal vez, al mismo tiempo una manera de liberar la misantropía.

Marina y su cómplice, Bella, elegantemente entalladas y metidas en botas altas, hacen rutinas ritualísticas absurdas: cada tanto marchan por un pasillo de un jardín a partir de una coreografía tan complicada como absurda, lúdica, carente de sentido, nada convencional y tal vez por eso mismo antisocial. Bella es una putita, dice Marina, y ésta un extraterrestre que a los 23 no ha besado ni ha cogido por decisión propia, porque le da repulsa pensar en un pedazo de carne babosa adentro de ella. Se acerca tímida y racionalmente al sexo más por curiosidad que por verdadero deseo.  La relación con su moribundo padre, un arquitecto ateo, es tan fuerte, que su muerte inminente hace pensar en la verdadera orfandad, no sólo sanguínea, sino mental en la que quedará. Es difícil separarse de las personas, que rara vez son más de una, que comparten con uno los humores absurdos y el hartazgo de todo.

Marina se queda con Bella en este mundo que sin conocer realmente ya detesta, pero también con un hueco tan grande como su desprecio y su inocencia.

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Broken Penguins

Saving broken Penguins, one page at a time.

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