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La mujer que cantaba (Incendios). Denis Villeneuve, 2010

En el caso de gente que ha padecido la guerra, su pasado puede ser una serie de historias  de terror que rebasan lo que uno cree que es el límite de lo humano. La gran industria de la guerra tuerce la naturaleza: de una  flor hace una bala, del goce del canto un escudo para mitigar los alaridos de la tortura que le infligen al de la habitación de al lado o a uno mismo.

Abu Tarek nace del amor condenado por dos culturas diferentes. La madre se ve obligada (siempre la puta religión mediante) a deshacerse de él. La guerra se desata, comienzan los desplazamientos, los ataques y ella se arriesga a buscarlo pero en vano. La religión, el motor de los grandes conflictos de la historia es, una vez  más, el que desata odios y atrocidades entre fieles e infieles, entre cristianos y musulmanes, separados por el credo y hermanados por la estulticia y la obcecada violencia.

Nawal Marwan, la madre de Abu, vive las pesadillas que convierte en realidad la guerra. Se involucra en la resistencia  anticristiana sin la pasión religiosa pero con la ira de una madre a la que le arrebatan a su hijo y la de una persona que vive de cerca lo demasiado humano del humano. Porque decir “lo salvaje, bestial o animal” del hombre, no cabe. Ninguna bestia, animal o salvaje hacen lo que hace un creyente con una mano en un arma y la otra en la bragueta. Ejecuta la orden de asesinar a un funcionario del gobierno cristiano.  Ese crimen la llevará de vuelta con su hijo perdido varios años atrás. Abu Tarek, quien adopta ese nombre una vez que se ha convertido en una afilada máquina de torturar,  es ahora un asesino que ha matado lo suficiente para alcanzar la insensibilidad que le permite  matar y violar a quien sea.

Años más tarde Nawal muere en Canadá como una común y corriente secretaria de un notario. A él le encarga que se cumpla su última voluntad: que sus hijos, un par de mellizos, Jeanne y Simon, entreguen sendas cartas a su padre y a su hermano mayor; de este último ignoraban su existencia y del primero suponían que había muerto. La otra parte de la voluntad es que la entierren boca abajo sin lápida ni la menor ceremonia. Es su postrera expresión de odio a la humanidad más ruin que padeció en los años setenta en la agitada Palestina. Los hijos, jóvenes veinteañeros, aprietan los dientes de coraje ante las extravagancias de una madre que para ellos lo mejor que pudo hacer ese bicho raro alienado del mundo “normal” fue morirse y dejarlos en paz.

Del origen de esa misantropía ignoran todo y tampoco tienen mucho interés en conocerlo. Pero una vez que empieza el viaje hacia Palestina, que es donde deben buscar su pasado, comienzan a descubrir  que ni ellos ni ella ni el padre ni el hermano, son quienes creían ser.

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