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Niños con macetitas y perros enyesados

Creo que ya no asombra la pérdida de la capacidad de asombro. No creo que tenga que ver la edad o el hecho de estar en una mega ciudad o la educación. Tampoco estoy muy seguro de si nacemos sensibles y nos vamos desensibilizando. El punto es que pasamos junto a la miseria, la injusticia y la tragedia y la situación no nos detiene, no nos acongoja u orilla a detenernos y hacer algo. Simplemente pasamos o dejamos que pase. Una creencia hindú dice que uno no puede interponerse entre la persona y su karma; a quien le corresponde sufrir, debe hacerlo y uno no debe conmiserarse porque ese sufrimiento es parte de su paso por la vida y tiene una causa que debe desahogarse o limpiarse con el sufrimiento que vemos que la persona padece. Esta postura está de maravilla, porque nos lleva al bien conocido apotegma de Mad: “What, me worry?”.  Pero no se puede ser tan pragmático y dejar que todo pase sin que nos roce ni nos mueva.

Ayer, pasando por una veterinaria, un cachorro de perro de raza mediana tenía una pata enyesada. Estaba dentro de una jaula en la que apenas cabía de pie; con el traste de comida dentro, no podía echarse debido a la pata enyesada. Afuera, un perro cruzado con pastor alemán cargaba un pelaje que ya tenía pocos pelos sueltos, pues todos estaban comprimidos en mojones de mugre. Era como un tapete de pelos unidos con grasa que caminaba con mucha dificultad; parecía que ya le había avanzado alguna enfermedad y ya no le quedaba mucho tiempo de vida. Una niñita que pasaba le decía: perro mugroso, fuchi, perro mugroso. Ni el enyesado ni el mugroso merecían estar así ni la niña merecía tampoco una educación que tan tiernita ya la hiciera mostrar desprecio. Más tarde, por el centro, ancianas pidiendo limosna. Un niño se acerca a la mesa del restaurante a vender macetitas con plantas. Dice que son a treinta (no, gracias), luego a veinticinco (no, gracias) y baja hasta quince en menos de medio minuto. Murmulla que es para un taco porque no ha vendido nada. El ojo entrenado y frío sabe que esos recursos se los han enseñado para causar pena y vender y seguirlos explotando. ¿Y por eso ya no debe preocuparnos?

Lo mismo podemos pasar junto a personas echadas con el pie amoratado a punto de reventar saturado de pus expuesto con una receta en la mano (decimos que es un truco); junto a un hombre sin piernas en los pasillos del metro (decimos que por lo menos gana más que uno, porque le va re bien pidiendo y sin hacer nada). Lo mismo aplica para los limpiadores de semáforos, vendedores, franeleros y miles y miles de personas en esta ciudad.  Tal vez no todos entran en la misma línea, pues puede pensarse que un vagonero vagonea por elección, mientras que el amputado pide por necesidad. Tal vez no es fácil emitir juicios de justicia sobre la diversa población de esta ciudad (o no es fácil respetar el karma que mencioné), pero me sigue pareciendo inicuo que una niña venda chicles en los bares de la zona rosa a las 12 de la noche con un vestidito ralo encima mientras que yo a esa edad estaba bien tapado, bien cenado y bien cuidado.

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