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Así procede…

Denunciar un robo en este país da miedo. Cuando el agresor fue atrapado a escasos momentos y metros del robo, uno siente que las excepciones sí existen y que de vez en cuando sí se hace justicia, que hay policías que sí trabajan y qué bueno que esta vez le tocó a uno en suerte. Pero camino a la comisaría despierta uno de esta ilusión.

Una amistad fue asaltada, atraparon casi al instante al ladrón y se fueron todos al palacio municipal. Momentos antes de llegar, le piden al agredido sus datos. El poli que los pide los va a anotar en un papel doblado (como un volante o cualquier hoja de re uso) que se acaba de sacar de la bolsa. El asaltado dice que no quiere dar datos; desconfía. Que lo hará hasta que esté ante la autoridad competente. Dicen los polis que está bien, que los siga en el coche, que van a pasar a comprar una libreta para tomar el reporte (que que ¿qué?). Una vez en la comisaría, al declarar, le piden de nuevo los datos al denunciante: nombre, dirección, teléfono, etc. Éste no los quiere dar porque sabe que el acusado tendrá acceso a esos datos. Los polis confirman que en efecto así es, que el abogado defensor y aún el agresor, incluso momentos antes de irse libre, podrá conocer esos datos, ¡mismos que aún en la oficina iban a anotar en un simple papel!

El agredido tenía toda la voluntad de denunciar, pero al saber que el asaltante sabría su dirección, terminó desistiendo de la denuncia. Los polis le dicen aparte que negocie el desistimiento de la denuncia con los familiares del ladrón,  que les pida mil quinientos o 2 mil pesos, y que se vayan a las mitas. El amigo respondió que no denunciaba buscando una ganancia, sino un escarmiento para la rata. Pidió los miserables doscientos pesos que el ladrón le quitó y que hicieran con él lo que quisieran, que ellos, los polis, les sacaran la lana a los familiares, si eso era lo que querían. Respondieron los ahora ofendidos polis que esos 200 ya se habían quedado como depósito, como chesco, pues, por haber brindado la atención de atrapar al ladrón. Tras un estira y afloja regresaron la risible cantidad. El ratero se quedó adentro. El pobre wey  se veía tan magro y jodido (lo cual no le quitaba lo culero), que seguro salió a los pocos minutos detrás del denunciante.

La patrulla que “brindó la atención, la 08246”

 

 

 

Otra cosa que provocaba muecas de “pero cómo es posible” a mi amistad: insistentemente los polis le decían que moviera su coche, que lo pusiera a varias calles  de distancia o que se lo llevara alguien, para que no lo vieran los familiares cuando llegaran ni la rata misma cuando saliera. “No fuera siendo…”

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