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Archive for 28 marzo 2012

La piel que habito. Almodóvar (España, 2011)

El logro de esta ficción científica, como la llamarían algunos críticos, se debe a dos creadores: la película está basada en la novela Tarántula, de Thierry Jonquet, a quien desafortunadamente desconozco completamente; quien la lleva al cine es Almodóvar. Algo de lo que ha caracterizado a este último es que tal vez sea uno de los directores que mejor sabe y logra meterse en los misteriosos recovecos de los sentimientos de las mujeres. Esto último me lo ha dicho una que encuentra guiños muy femeninos en las tramas, las tomas y las escenas de este director.

Aquí pasa un poco como con Abre los ojos (Amenábar, España, 1997): ya avanzado el primer cuarto de la cinta se va uno dando cuenta de que algo se empieza a poner extraño. El inicio no tiene nada de extraordinario, pero el efecto es in crescendo; lo convencional se tuerce y ya no hay vuelta atrás. Si el joven Dr. Víctor Frankenstein creó, se asustó y salió despavorido, dejando a su suerte a la patética criatura, a la que tenía tremenda aversión, , en este filme el encumbrado Dr. Robert Ledgard crea una nueva criatura de la que fatalmente termina enganchado. Con el cuerpo del presunto atacante de su hija, quien fallece poco tiempo después y como consecuencia indirecta de ese intento de ataque sexual, recrea a su difunta mujer, a quien arrancó de la muerte cuando ésta quedó atrapada en un accidente automovilístico mientras regresaba de engañarlo justamente con su cuñado, el descarriado hermano de Ledgard.

La transformación del joven Vicente a base de cirugías y  de implantes de una innovadora piel cultivada por Ledgard en la irresistible Vera es tan progresiva como inquietante. La inusual venganza de uno de los cirujanos más renombrados del mundo deriva en una obsesión que acabará por consumirlo. Seis años de encierro logran una completa transformación en la joven víctima; y por momentos parece que el cambio no es sólo  físico.

A esta ficción suspenso Almodóvar agrega sellos personales, en los que una muestra en el microscopio pasa a ser un paisaje abstracto que por un instante es la cortinilla que da paso a la siguiente escena.

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Modelo de competencias

Desde hace algunos años la gente involucrada en el ambiente educativo trae de un  lado para otro la palabra competencias. Con esta palabra entienden lo primero que normalmente se entiende en español: competir; pero, especialmente, hacerlo confrontando al otro para ganar, dejarlo atrás en la lucha por salir adelante en un sentido individualista. Los programas educativos están poniendo énfasis en la “enseñanza por competencias”; sin hacerle mucho caso en este momento a la mala sintaxis y peor traducción, se refiere a enseñar a partir del desarrollo de habilidades, capacidades o aptitudes de los estudiantes, sea lo que sea que eso signifique, finalmente. La gente se enerva y se opone a que se enseñe a partir de “competencias”, porque no quiere que los jóvenes crezcan desarrollando una especie de voracidad depredadora individualista que tenga como principio aplastar al otro con tal de conseguir objetivos personales.

La RAE incluye en su segunda definición de este término “pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado”. En el artículo hay una nota que advierte que éste ha sido enmendado. No sé si la enmienda sea justamente que están agregando pericia, aptitud, etc, como parte de la definición del término.

Recientemente en un documental sobre  educación en México, De panzaso, un jovencito entrevistado decía con cierto ímpetu, con un aire de estar perfectamente enterado y convencido de lo que decía, que la educación por competencias debería impulsarse más aún, “para hacer que todos tengamos el reto de superarnos, de ser mejores que los demás”. Señalaba frunciendo el seño a compañeros imaginarios a quienes quería superar compitiendo contra ellos a fin de sacar las mejores calificaciones.

Ha habido diferentes protestas por parte de padres y profesores inconformes que han acabado en mobilizaciones, cierre de escuelas, marchas, etc., en las que parte de la demanda es la oposición al modelo de competencias porque no quieren que sus hijos aprendan compitiendo, arguyen, siguiendo un modelo capitalista depredador.

Nadie se ha detenido a desenredar esta mala o imprecisa traducción de una palabra que sí viene del latín y es parte del bagaje léxico del español, pero ha pasado por el colador del inglés, de donde se ha tomado tal cual. La gente se convence todavía más de que quieren hacer competir a sus hijos cuando en el auge de este término llega la prueba internacional PISA para saber cómo andan los estudiantes mexicanos en relación con los de otros países de la OCDE. La primera reacción: ¿Ven? Huele a competencia o competición o puja por ver quién es el mejor.

Y toda esta historia por calcar una palabra de otra lengua sin detenerse un momento a ver que hay otros términos menos ambiguos y de fácil comprensión como habilidades o aptitudes.

Ferias y fiestas en la calle

Hay pobreza de la cartera o del monedero, en los que a veces no traemos más que aire;  y pobreza mental, que se manifiesta de muchas maneras. Me parece que una de ellas es hacer fiestas cerrando la calle con una carpa montable. Cerrar la calle para el cumpleaños, bautizo, boda, quince años, confirmación, presentación de tres añitos, graduación, primera comunión o para cantarle las mañanitas a la virgencita de la cuadra, se hace con la mayor facilidad y sin mayor sanción o cosa punitiva que se le parezca. De este lado de la metrópolis, entre el aeropuerto y ciudad Neza, la gente atraviesa un carro, la carpa con invitados y no hay ley que lo pueda impedir. Cuando la protesta social  cierra una calle se tipifica como ataque a las vías de comunicación y hay a quienes han querido darles 60 años o más por ello. Otros rumbos de la ciudad no están exentos de esta imposición celebratoria. Se montan unas torres de bocinas que truenan como escape de camión y obligan a arrugar la cara y encoger las orejas aun a tres o cuatro calles de distancia; montan sillas y mesas, cuantas pida la concurrencia,  y todo dentro de una mona carpita de hule con “ventanitas” ovaladas que imitan una casa californiana. Y por ahí en una parte de la lona se toma la molestia el arrendador del tenderete de poner su nombre y teléfono, por si otro vecino mal parido se quiere animar a cerrar otra calle cualquier otro día por cualquier pretexto que sienta que amerite fiesta.

Inocentemente, he expuesto la queja ante la delegación (en el DF) y arguyen que la gente cierra calles no principales y que para hacerlo se juntan las firmas de al menos diez vecinos aledaños que dan la venia. Y los que no vivimos en esa calle pero circulamos por, ya nos chingamos porque no contamos y debemos acatar.

 

Las ferias van aparte pero terminan en lo mismo: calles cerradas para beneficio de unos cuantos el día y momento que se les antoje. No se trata de clasismos ni de ensañarse contra  nadie. Se trata de la idea por sí misma y su implicación en la forma de ver el  mundo de la gente. El monstruo que llamamos DF y zona metropolitana, los cuales nadie sabe bien a bien dónde empiezan  y dónde terminan, creció como las casas de los colonos que llegaron a habitar justamente esas zonas cuando no había ningún servicio urbano: cuartito tras cuartito en casa del padre o la abuelita. Esos cuartitos se iban levantando conforme iba creciendo la familia. El hijo que ya se juntó con una señora, que no pagara renta, para qué, acá que se hiciera un cuartito junto a sus papás. Luego, la hermana que empezó como princesa todavía con el vestido de quince años puesto, terminó como madre soltera con las criaturas chillando alrededor. Pues a ella también había que hacerle su cuartito. En 160 m2, la gente hizo en pequeñito y mal, las vecindades de patio central del viejo centro y zonas aledañas de la capital. Así, en este paisaje de casa pegada a casa sin espacios comunes planificados y suficientes, no hay dónde instalar una feria sin cerrar calles y avenidas. Y si por azar hay un espacio por ahí extrañamente disponible, ahí no se pone la feria, porque tiene, quiere y se le hinchan los huevos estar en donde circula la genta. Bajo el entendido de que confinada a un área asignada donde no obstruya el paso,  la gente no irá, por lo que es la feria la que con todos sus fierros, cables pelados que bajan de los postes, carros, ruidajal, armatostes y todo, debe ir a la gente, a ponérsele a la salida del zaguán, entre una avenida y otra sin miramientos. Sí es cierto, regularmente no son más de dos o tres días, pero no es una feria por el rumbo; es una precisamente por donde uno anda circulando y otra por donde uno suponía que podía atajar y otra por donde uno pensaba que no podía ponerse una y así.

Al final la fiesta individual puede más que la convivencia vecinal. Está por encima de cualquier queja  y muy, muy por encima de la conciencia de la existencia de los demás a nuestro alrededor.

 

Permisos Neza

Broken Penguins

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