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Devoción en México

Recientemente una italiana criticaba la ostentosa presencia de imágenes religiosas por cualquier parte de esta ciudad: paradas de autobuses, puestos de tacos, negocios, interior de taxis, esquinas, terminales de autobuses, como ornamento de casas, en balcones,  colguijes en el cuello, tatuajes, y más. Cristiana (vaya nombre, por cierto), la italiana, comentaba que en Roma, ciudad dentro de la que se encuentra la sede de la máxima autoridad del catolicismo, no se ve eso. Y es cierto, como tampoco se ve en ciudades como Madrid. Quizás en pueblos al interior de España o Italia se encuentra uno con alguna imagen de algún santo en una calle, pero es muy raro. Uno podría apostar a encontrar una y seguramente perdería. En las capitales de esos países, seguro que no. El día de San Juan en Vigo, por ejemplo, es una enorme fiesta de fogatas en la playa con gordas sardinas asadas, mucha bebida, hash, mucha música para bailar y algunas cuantas tachas y pastillas que por supuesto andan por ahí circulando, así como muchachas en ligeros vestiditos veraniegos. Pero yesos en los brazos, procesiones callejeras, beatas detrás del cura, misas y demás parafernalia que asociamos con santos patronos, no.

La secularización es evidente en las sociedades de las que ha emanado el más cerrado catolicismo. En general, a mucha gente de esas sociedades no le interesa demostrar públicamente su pasión religiosa, porque en muchos casos ésta es inexistente. Si acaso son creyentes, en su interior y de la puerta para adentro.

Es decepcionante, frustrante y lamentable verificar el grado de control, dominio y presencia del catolicismo en este país, incluida la capital, donde se esperaría que hubiera un cierto nivel de pluralidad, crítica y tal vez alguna dosis de cosmopolitismo que opacara las muestras de  idolatría, pero no es así. Las imágenes de Karol Woytila, San Judas, La virgen de Guadalupe, el crucificado y muchos santos, abarrotan la estampa cotidiana de esta ciudad y seguro de muchas en el país ad nauseam. De hecho una marca hace toda la papelería que puede usar un niño, desde la mochila hasta la goma del lápiz, con la imagen caricaturizada, aniñada y gordita de la virgen y su hijo en hipnóticos tonos fluorescentes. Esa misma marca trabaja con los dulces Sonric’s: el cliente (o la clientecita, porque “casualmente” es un producto para niñas), se lleva una lapicera estampada con este estilo de imagen religiosa y unos dulces incluidos.

El otro día comentaban en un programa de radio que a los turistas les parece impresionante el despliegue de recursos, dinero, esfuerzo y tiempo que dedica la gente en los pueblos a las fiestas de santos patronos. Son millones lo que se gasta en esas fiestas, decían. No hace falta ser extranjero para darse cuenta de que la idolatría, el pordioserismo, la sumisión con la que la gente entrega todo a la iglesia católica son causa de asombro, en la misma medida en que son dañinos y retrógrados. Porque en el fondo tal vez no hay una espiritualidad orientada a mejorar al individuo en esas celebraciones, sino una inercia de idolatría mezclada con ganas de tomar, comer y bailar que está más cerca de la costumbre que jamás se cuestiona que de la decisión a partir de la convicción religiosa.  Y esta socialización sería muy bienvenida si no estuviera controlada por los dictados del curita del pueblo, regida por una misa y un “entre” con cargo a gente, muchas veces, tan humilde como inocente.

A reserva de definir conceptos, es la impresión que dan las llamadas mayordomías, en las que una familia recibe un yeso, que es un santo, lo carga, lo pasea, lo toca, hace pirotecnia, misa, baile y comida a veces para miles y miles, todo a la cuenta del propio bolsillo. No espero entender lo que impulsa a hacer estos enormes dispendios; eso sería irrelevante para las dos partes. Lo que es difícil de aceptar es que esto nadie lo para: cuando una niña de trece años, que parece como de 18, dice que va a ser madrina del santo patrono del mercado de su colonia y anda muy pispireta por eso, es cuando uno ve que la inoculación del oscurantismo de la religión católica ha sido un éxito.

Está a la vista y al alcance de un clic una enorme cantidad de información que comprueba que el catolicismo, históricamente, es impresentable, se ha alineado siempre con el poder y la corrupción,  promueve el machismo, el sexismo, el racismo, el clasismo, la xenofobia, la homofobia, la sumisión, la violencia intrafamiliar; cobija, promueve, encubre y disfruta de la abominación de la pederastia; da consuelos idiotas ante daños graves e irreparables como la violación y se empeña en empequeñecer y ningunear a la persona, buscando administrar su voluntad humana y moral con los chantajes de los pecados, que al final, con buenas limosnas, se pueden negociar. Tal vez es eso lo que da grima, el engaño a la gente; el reduccionismo de la complejidad moral, de la complejidad humana en todas sus facetas a lo que dice un libro que plagia, tuerce y confunde tradiciones muy anteriores a los pueblos que se adhieren a él y lo toman o dicen tomar como guía de vida.

Hay gente católica crítica, progresista, enterada y activa en la línea de sus creencias. Muy respetable. Pero hay millones que ni se enteran ni quieren saber nada ni cuestionar ni  criticar nada. Reciben con la cabeza gacha y pagan la hostia sin reparo alguno aunque esa moneda que dejan caer en la charola de plata sea la última moneda de su bolsillo roto.

La afirmación con la que cerró su comentario Cristiana fue contundente y tristemente cercano a la realidad: que tal vez la gente devota de este país es tan insegura en su interior que necesita asirse de algo y hacerlo de manera estruendosa.

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