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¿Cambiarme de casa?

Entre un amplio sector de la población de hombres y mujeres entre sus veintes y sus treintas, la posibilidad de salirse de casa no está ni siquiera remotamente considerada. Si ya trabajan, no es su prioridad tener un espacio propio o compartido con gente que no sea de su familia. Algunos argumentan que no tienen necesidad de hacerlo porque en casa de sus papás están muy a gusto, tienen todo y no ven ningún beneficio en ir a pagar una renta. Algunos de ellos viven muy lejos de sus trabajos, pero ahorrar tiempo, cambiar de aires o tener su propio espacio –con las responsabilidades y goces que esto implica- no son incentivos suficientes para dejar el nido y comenzar una vida por su propia cuenta. Económicamente, no es fácil, pero tampoco imposible. Entramos aquí en una dinámica de “querer es poder” o “no hay imposibles”. Estoy de acuerdo en que efectivamente el factor económico es determinante en la sociedad mexicana: sueldos mensuales apenas suficientes para irla pasando y que a veces representan apenas el doble del monto de una renta (nadie puede –o debe- ganar 6 y pagar 3). Pero siempre está la posibilidad de compartir los gastos juntando esfuerzos. Asociarse ya es un esfuerzo. Y tal vez por aquí está la clave: los esfuerzos se evitan lo más posible en esta sociedad.

Abordar el tema a veces parece agresivo, pedante o que lleva jiribilla para meterse en la vida de los demás. Cuando uno sale de la adolescencia, por regla general, empieza a tener  necesidades, gustos, actitudes, costumbres e inquietudes que ya no empatan con los habitantes de la casa familiar. Me pregunto cómo lidian con eso quienes pasan una, dos  o más décadas en la misma casa tras dejar los años juveniles.

En una ciudad descomunalmente extendida, los traslados son sumamente desgastantes y consumen a veces hasta 4 o 5 horas al día. Así, con una jornada de 8 horas (o 9 con el truco de la hora de comida, que es lo usual) y con estos traslados, una persona está más de 10 o 12 horas fuera de casa, lo que deviene en un detrimento en la calidad de vida en su entorno vecinal, con el que prácticamente no se tiene relación. No intento convencer a la gente de que se salga de casa de sus padres, pero creo que hay experiencias, como vivir solo, que contribuyen a forjarnos como individuos, a valorar las propias capacidades, a respetar las de los demás y a ampliar el horizonte de lo que es hacerse una vida por propia cuenta.

Si muchos hijos no se van nunca, está el complemento: muchos padres no quieren o no los dejan que se vayan, aun cuando ya tienen pareja e hijos. Cada individuo tiene su propia historia, y a esta alturas ya estoy cayendo gordo porque ultimadamente, se me puede decir,  yo qué me meto, qué sé o qué busco con esto. Creo que parte de la maduración como sociedad comienza por la capacidad de sostenerse uno mismo como individuo en un entorno de responsabilidades, deberes y, por supuesto, de disfrute de los beneficios de desprenderse del núcleo en el que uno inició la vida en este mundo.

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