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Archive for 7 enero 2013

Ya no hay moras

De un tiempo a acá mucha gente se empeña en llamar blueberry a las simples moras. En tiendas grandes de presunto postín y en mercaditos modestos, da igual, la gente les dice blueberry (blueberries, en plural). Pero curiosamente, no le dicen blackberry a una zarzamora. A ésta le siguen llamando igual, zarzamora. Ya entrados en anglicar (¿existe? Si no, aquí me sirve el verbo), estos frutos tan fonéticamente cercanos podrían usarse ya de plano como blue y blackberry. Pero no. No extrañaría que la frutera o frutero, hiciera muecas de extrañeza al marchante que le pidiera medio kilo de blackberries, diciéndole que ahí no es tienda de teléfonos celulares o electrónicos como para despacharle “medio de Blackberries” (con mayúscula y R encerrada en circulito incluida).

En la familia de las berries, De milagro los arándanos se siguen llamando así. Como que se pusieron de moda por estos lares pero no tanto como para agringarlos. Tal vez por desconocimiento del nombre de los arándanos en inglés o por no confundir con el nombre de la banda noventera The Cranberries, la gente no les dice así. En los ochenta, cuando todo lo que entraba a este país se traducía rigurosamente al español por política estatal, no dudo que algunas portadas de discos de esta banda habrían ostentado: Los arándanos sobre las cabezas irlandesas de estos muchachos.

 

Como sea, muchos anglicismos son muy prácticos, pero otros de plano nada que ver.

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Espejos, de Eduardo Galeano

Esto no es una reseña del libro. Voy a la mitad, y no creo que pueda hacer una reseña con la que quede satisfecho. El subtítulo es: una historia casi universal. Galeano no deja de notar que en el mundo occidental, decimos “historia universal” y nunca deja de ser la historia de Europa.Con esa advertencia ya podemos esperar qué viene. A él  le llama la atención que los europeos que llegaron a América o a África o a donde sea, hayan dado nombre a ríos, mares y tierras, como si los que vivieran ahí no hubieran hecho eso mucho antes. Como pregunta, ¿acaso eran mudos todos?

Galeano trata de ser casi universal al traer a escena a los que siempre están atrás no sólo del escenario, sino atrás y afuera del teatro mismo: los negros, los pobres, los conquistados,  los esclavos, las mujeres, los elididos y estratégicamente olvidados por el sistema dominante y tantos anónimos más que son quienes han venido construyendo la historia, literalmente, como los edificios, placios y magnas obras arquitectónicas de las estampas de la historia oficial, pero no aparecen en la foto.

El que puede ser considerado como pionero de lujo de las minificciones y del microrelato, pone su toque muy particular a la manera de contar lo que no cuentan las enciclopedias de marca. En este libro ordena sus entradas por tema y cada uno no se extiende más de una página, lo que hace que se pueda abrir en la página que sea, cada una se para por sí sola.

Voy a seguir leyendo Espejos, pero seguro voy a regresar a él constantemente, porque por costumbre siempre se nos olvida lo que nos han enseñado que se nos debe olvidar.

Viridiana (Buñuel, 1961)

Hay un montón de grandes clásicas que no he visto. Y por un lado mejor, porque qué aburrido ya haber visto todo. No había visto Viridiana, de Buñuel. De principio a fin no para de provocar a la iglesia católica, a la fe cristiana y a todo lo que hieda a decoro y decencia puritanos. Es el sello del director. Tal vez la escena más consagrada es la que parodia la última cena.  Las alusiones a la pedofilia, el incesto, el trasvestismo, la violación y la clara iconoclastia, hacen de  esta película una delicia del anticlericalismo.

Silvia Pinal es aquí como la continuación del Nazarín, que recoge putas, pobres y marginados, según enseña el cristo en la novela de Pérez Galdós, con la diferencia de su vulnerabilidad en una sociedad agresiva con las mujeres; y más si son bonitas y caritativas. Una película hispanomexicana que seguro hoy, cae muy mal a muchos conservadores de ambas sociedades. Quizás especialmente de la última, más papista que el Papa (natas).

 

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La caza (Jagten) (Thomas Vinterberg, Dinamarca, 2011)

Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, dice la gente.  Y ay de quien lo ponga en duda, especialmente de quien dude de la palabra de un niño y especialmente cuando está hablando de tocamientos o alusiones sexuales. No tiene vuelta, no hay resquicio por el que quepa nada: el niño ha hablado. Noventa y nueve por ciento le vamos a creer a ciegas al niño, pero resulta que también los niños mienten, inventan y pueden traslapar la tele o la consola de juegos con la realidad. Una chiquita aparentemente bien buena onda, le parte la vida a Thomas, un cuarentón que brega por rearmar su vida tras un fracaso matrimonial.

Parece que en las sociedades contemporáneas, en general, hemos sobrevalorado algunos temas, como la palabra de los niños. No es que no haya que creerles, pero es curioso que hace cien años apenas, o menos, un niño no era un niño en el sentido en el que  lo concebimos actualmente, con derechos, privilegios, etc. Y esto se puede prestar para decir lo mismo de la mujer, pero no es el caso ni la intención del comentario.

Thomas, el protagonista, (y su hijo adolescente) aguanta tanto el estigma que se forma a su alrededor como la nena la afirmación de que hubo insinuaciones sexuales hacia ella. Hay un punto en el desarrollo de la trama en el que uno también duda, junto con el pueblito danés que lo quiere linchar, pese a ser uno espectador omnipresente. Es que hay momentos de la historia en los que no estuvimos presentes y, bueno, la grieta es ínfima, pero quién sabe… Bueno, yo sí sé, yo le creo a Thomas. Cada cual decida.

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Broken Penguins

Saving broken Penguins, one page at a time.

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