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Archive for 23 julio 2013

Tabú y Leviathan

julio 23, 2013 1 comentario

Dos de las mejores películas que he visto en lo que va del año. Tristemente, dos de las peores funciones a las que he asistido en mucho tiempo: gente farfullando, chacoteando, pujando risitas idiotas no por la película, sino por lo que cuchichean con quien o quienes van. Peor: golpeteo en la parte trasera del asiento por parte de un imbécil que, a más de media película, no acaba de acomodar su inconsciente culo en la butaca.

Hubo colmos. En Tabú, la narración del hombre en off se construye con los silencios del pasado. Cuando lo invoca, los involucrados no hablan, el pasado es mudo, es imagen y recuerdo con ausencia de voces, con silencios elocuentes. ¡Pero cómo lo echaban a perder los idiotas de atrás con su güiri güiri, cuchicheos y risitas idiotas. Era una pareja cuarentona o así. Si la gente quiere chacharear no debería meterse al cine a ver una película que demanda una participación silente del espectador,  un mínimo estarse quieto para no arruinar la proyección a los demás que estamos en la sala.

En Leviathan, delante de nosotros, una pareja de abuelos. Desde que se sentaron no dejaron de parlotear; por lo bajo, pero no porque quisieran, sino porque sus cascadas voces cavernosas ya no daban para más, que si no, seguro chillan más fuerte. No hay diálogos. Eso a la gente le desesperaba. Media sala, no sólo los viejos, estaba chachareando. Otra vez risitas idiotas de grupitos idiotas de chamaquitos idiotas que se metieron a ver una película de la que no tenían ni la remota puta idea de qué trataba. Y qué bueno ir a ver sin saber, pero ir a ver, para no dejar ver, es con ganas de joder a los demás. El vejete de adelante se desesperaba tanto, el pobre, que en un momento en el que un hombre se está quedando dormido frente a la tele, no aguantó más y le gritó al actor que hiciera algo. Lluvia de shhhhhhhhs, pero sin mucho efecto. Qué diferentes concepciones de “ver una película”. Para este desesperado anciano era necesario que “algo” pasara. No concebía que una persona “estuviera”, quería que “hiciera”.  Frente a sí tenía un inmenso barco pesquero cruzando el mar, con micrófonos y cámaras en posiciones que tal vez sólo las aves y los habitantes del mar consiguen. Estrépitos, sonidos envolventes, imágenes de inmersión, hipnotizantes y agobiantes. Y el cabrón ruco esperando que “pasara” algo.

De atrás gritaron váyanse a ver supermán. Cuando se oyó que devuelvan las entradas, solté pues ve a pedirlas, hijo, y allá te quedas.

Qué lamentable ir a ver dos peliculones con la mejor de las compañías (de persona, o sea con quien iba, no de Compañía, S.A., etc.) y toparse con público palomero, formado en un cine taquillero, padre y re chidote.

 

 

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Tragar trigo

trigoEsta mañana descubrí algo así como el agua tibia. Vi que es ridículamente fácil comer trigo entero sin procesos industrializados (salvo el obviamente implicado en obtener el grano). Uno de los granos más ricos en sabor y contenido es el trigo. Es muy sabido que tiene un sinnúmero de propiedades. Si se pone uno a guglear halla que contiene potasio, magnesio, hierro y zinc; rico en complejo B y es auxiliar en el buen funcionamiento del sistema nervioso, digestivo, neuronal, en el mantenimiento de la piel, sube lo que tiene que subir y baja lo que conviene que baje en el organismo y ene cosas más bien sabidas desde hace lo menos unos cincuenta mil años o así.  Una vez le conté a una amistad mexicatiahui que por ahí había leído que el maíz es uno de los granos menos ricos en aportes nutritivos comparado con el trigo, por ejemplo. Él se prendió y soltó el rollo conspiracionista anti europeo y que esta gente busca imponer su trigo blanco frente a “nuestro ancestral maíz indio, superior entre los superiores, raíz y sustento de nuestra identidad de raza de bronce a través de la cual hablará el espir…”, bla, bla, bla.

En la última década la onda integral, naturista, orgánica y similares es un gran negocio, incluida la ingesta de agua (sic). Mucha gente se afana en hallar productos integrales. Las grandes industrias alimentarias lo saben y a cualquier harina medianamente menos blanca que la refinada le llaman “integral”, “orgánica”, etc. enriquecida con cuantas vitaminas puede haber, como si más vitaminas fueran garantía de algo. Estamos tan imbuidos en una vida de empaques sobre empaques, conservadores que conservan al producto pero a quienes los consumimos nos desconservan, sustancias impronunciables en las etiquetas, prisas y estrés que nos hacen comer rápido y mal, que algo tan simple como un grano, hace recordar lo idiotas que somos y estamos.

Está a 9 pesos el kilo, promedio. Comerlo es tan simple como coger dos puños, echarlos a remojar en agua, olvidarse de ellos dos días, volver, escurrir y listo. Suavecito, masticable y de un sabor discreto y agradable; puede que ya presente un puntito de incipiente germinación. Es un regalo, porque en la germinación están en potencia múltiples nutrientes y aportes como los antes mencionados.

Al ver, tocar y masticar este grano, cuyo proceso fue tan simple como remojarlo, me hace pensar no en un niño, sino en un idiota al que se engaña con pasmosa facilidad. Las grandes industrias venden lo integral, lo orgánico, lo puro, lo enriquecido y tantas tomadas de pelo más, como la única alternativa que tenemos para acercarnos aunque sea un poco a la salud ideal que sus mismas industrias venden con espigados modelos esbeltos blancos caucásicos dolicocéfalos. ¡Y no! el grano está ahí, en cualquier mercado de barrio, ¡a nueve miserables pesos el kilo!

Yo hice esto: Ya remojado, lo metí a la picadora (licuadora da igual), agregué ajo, cebolla, una zanahoria y cilantro a placer y una pizca de sal. Molí, saqué, agregué un huevo, un poco de pan molido, batí e hice croquetas fritas en aceite bullente y listo. Reservé un poquito del trigo blando para acompañar las croquetas con ensalada de espinacas, jitomate y granitos de trigo  salpicados. Agreguen aceite de oliva y vinagre o lo que les plazca.

Sugiero no comprarlo en el súper. En cualquier mercado lo venden, junto a las semillas de girasol, que la gente compra nada más para dárselas a su perico, sin saber que los niveles de pectina que contiene ayudan a eliminar la cantidades de plomo que tenemos quienes vivimos en esta mugrosa ciudad.

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Los periodistas / Vicente Leñero, 1978

Novela casi de mi edad en la que se describe minuciosamente el asalto al Excélsior por parte de esquiroles al servicio de Echeverría y de intereses empresariales alineados a su gobierno, y la consecuente salida de Julio Scherer y su equipo de colaboradores, entre los que se encuentra, como de los más allegados, el autor de la novela.  Ya estaría muy a destiempo ponerme a aplaudir el estilo ágil, ameno, fluido y etc. con el que Leñero presenta los hechos, aun cuando incluye minutas, actas, órdenes del día y demás fuentes de respaldo. Como se sabe, tras haberles quitado el Excélsior a los cooperativistas que lo manejaban, varios de éstos se fueron a fundar la revista Proceso.

Como seguramente en su tiempo se remarcó, aun a más de treinta años de distancia no deja de inspirar identificación y una especie de sentimiento de catarsis leer los nombres y apellidos de agraviados y agresores. Al mismo tiempo, agrega un sabor a viaje en el tiempo leer sobre el nacimiento de una revista y tenerla encima de la mesa dos mil números y treinta y siete años después -y contando.

Nada que se diga de Echeverría o de López  Portillo  sorprende, pero sí me sorprende que la novela haya aparecido apenas dos años después de los hechos, en los que participaron altos funcionarios del gobierno, el presidente saliente y el entrante, para empezar, y personajes siniestros, para continuar, como Zabludowsky y Agustín Barrios Gómez.

Hoy, el Excélsior es propiedad de Olegario Vázquez Raña, el mismo dueño de Cadena 3 (canal 28 de señal abierta), el hospital Ángeles, Grupo Imagen, Grupo Financiero Multiva, los Camino Real y, casi, la Cruz Roja. Ahora y desde antes, ya no es el periódico que era cuando lo llevaban los cooperativistas bajo la dirección de Julio Scherer. Que se sepa, Olegario no escribe, los Ealy de El Universal, menos. Rupert Murdoch tampoco. En estos tiempos es difícil que el director de un medio impreso importante escriba, en el medio o en otra parte. Desde hace décadas la mayoría de los diarios son propiedad de conglomerados empresariales y están muy lejos de ser medios informativos.

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Nación TV

Roberto Gómez Bolaños es un buen ejemplo para empezar. Como muchas cosas en este país, él viene de la transa, el cochupo, la mordida, la corrupción, el nepotismo y la violencia. El autor documenta que era parte de la pandilla del Negro Durazo y Luis Echeverría que operaba en la colonia Del Valle. Para completar el cuadro, sobrino de Díaz Ordaz. Con el tiempo, y con esos conectes, se enquistó en la televisión mexicana y latinoamericana hasta el día de hoy, gracias a una caricatura (¿pleonasmo?) que sustituye a los personajes de carne y hueso y sigue la misma línea gastada  de “cachetadas y pastelazos” que refiere Mejía Madrid. Por supuesto, perpetúa al muerto de hambre sin casa que hace lo que sea por un pedazo de pan, al pobre con ínfulas de rico y al idiota conformista como candidato a seguirlo siendo, porque así es la vida y no vale la pena querer salir del agujero-vecindad donde se vive. Fue a llevar el cáncer de sus gracejos a Chile y Argentina durante las respectivas dictaduras; se cuadró ante Pinochet y Videla y ellos lo recibieron como jefe de estado. Al día de hoy, tal vez media Latinoamérica lo abomina, pero la otra mitad lo idolatra y lo seguirá haciendo quién sabe por cuántas generaciones.

 

En esta novela, Fabrizio Mejía presenta instantáneas de momentos clave en la historia de la televisión en este país, que en realidad se reduce a la historia de tres hombres, abuelo, padre e hijo, desde siempre  rodeados del sistema, presidentes, saqueadores disfrazados de empresarios, mafias, lujos, mujeres y una enorme alfombra debajo de la cual esconder las toneladas de porquería que cuesta mantener la caja idiotizante encendida perpetuamente.

Hoy es lugar común  -y no por eso menos cierto- decir que prácticamente no podemos hacer nada sin que de alguna manera beneficiemos a Carlos Slim: levantar el teléfono, usar un cajero, prender la luz, conectarse a Internet, tomar agua, encender el coche, en fin, casi lo que sea. Con los Azcárraga y Televisa ocurre algo similar, según se lee en Nación TV. Hace poco murió el celebrado arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. El INAH se regodea con el mote “el arquitecto que construyó para la gente”. Puede ser, pero entre esa gente debería especificar la que se apellida Azcárraga o Sada: les hizo el Estadio Azteca y la Basílica de Guadalupe, dos templos para estar perfectamente amaestrados (sin contar que coordinó las olimpiadas del 68 y siempre fue incondicional del Ordaz y subsecuentes). Comprar cualquier cosa que se anuncie en la tele, es aportar para que este Emilito, como su padre, pueda escaparse de los tormentos de ser millonario y poderoso en súper yates de millones de dólares que miden casi lo mismo que una manzana donde vivimos los de a pie.

naciónTV

Nación TV cuenta con nombres y apellidos la macabra boda indisoluble entre los que administran el país y los que se encargan de apaciguar a los administrados. Por supuesto, no puede quedar al margen de esta ceremonia el administrador de los administradores, el narco, que se pasea como por su casa entre sets, estudios, grabaciones y camerinos repartiendo golosinas para que los rostros bonitos de los programas matutinos salgan con bríos a promover las campañas contra las drogas y los valores familiares. Es una realidad que lo que no sale en la tele, para la gran masa, no existe. Esta historia de la televisión mexicana, la de una familia, la de un hombre, nunca la va a contar Krauze. Si tienen tele, mejor úsenla para ver películas interesantes.

Broken Penguins

Saving broken Penguins, one page at a time.

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