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La lengua del imperio se impone

Los sobrenombres están cambiando, así como las frases publicitarias y los nombres de las marcas. Hubo un tiempo, por allá de los setentas y ochentas, en que, casi por decreto, cosa extranjera que entraba al país, debía ser  traducida o su promoción debía hacerse, lo más posible, en español. Así, las canciones de los discos de acetato y casetes se imprimían en  inglés y español; las frases publicitarias y muchas marcas se vertían al mismo idioma. Había un sentido de preservación de identidad, en el que se aceptaba lo extranjero dentro de un marco de identidad o nacionalismo no chauvinista, quizás, pero sí que marcaba una cierta distancia para no aceptar sin más la introducción de una visión unívoca de la vida a través del consumo de productos culturales y de uso cotidiano.

 

En esta reflexión no hay una resistencia castiza conservadora que rechace lo extranjero por el sólo hecho de serlo. La sociolingüística advierte que una lengua viva cambia, recibe influencias de voces de otras lenguas por necesidad, adaptación y aun por imposición, mismas que obedecen a diferentes factores, por ejemplo, que la lengua receptora carezca de recursos lingüísticos que describan cabalmente una idea o un fenómeno que una voz extranjera sí lo haga de manera satisfactoria y práctica. Sería terco y se caería en una afectación un tanto ridícula emitir una frase como “Bienvenido al sistema operativo de Ventanas de Microblando”. En cambio, entran al idioma voces como software, escaneo, fax, ruteador, chip, tarjeta madre y muchas otras relacionadas con el ambiente de la computación. No obstante, se cuelan barbarismos como librería (library) por biblioteca o repertorio; o embebido (embedded) por incrustado o integrado, entre muchos otros ejemplos.

 

Pero hoy día, en los albores del siglo XXI, las cosas nos llegan sin el menor tamiz, directamente, sin un asomo de intento por expresarlo en español, cuando sería naturalmente posible, como en algún tiempo lo fue. Una publicidad de hace ya varios años ponía sobre aviso, con un sonsonete, que “ahora el jabón Escudo se llama Safeguard”; lo mismo pasó con las populares pastillitas sin centro llamadas durante mucho tiempo Salvavidas, que ahora vienen etiquetadas como Life Savers. Y así se llamaban desde un inicio en su país de origen, pero en el tiempo en el que fueron introducidas al país se les buscó un nombre acorde, creo, con la idiosincrasia nacional. Lo mismo está pasando con las frases publicitarias de la industria automotriz: Antes era “todo mundo quiere un Nissan”, ahora, “Nissan (ahora con el acento en la i): shift the future”; “Ford, nacidos fuertes”, ha pasado a ser “Ford: go further”; La Cadillac se anuncia como “beyond luxury”. Otro ejemplo es el de los zapatos de origen español Camper. Su publicidad para unos modelos que anuncia en revistas actuales dice: “Why upholster a shoe? Why not?”. Es una marca global y muy próxima a Inglaterra en sus orígenes, de acuerdo, pero bien podría valerse de un idioma que es el tercero en número de hablantes en el mundo para dar a conocer sus productos en países hispanohablantes.

 

Es un hecho que el inglés es la lingua franca de nuestros tiempos y desde hace al menos medio siglo. La premisa publicitaria debe de ser que si se quiere llegar al mayor número de compradores posible, debe promocionarse en la lengua de uso internacional. Es algo comprensible, pero lo que extraña es que antes no era así, y eso, me parece, no impactaba negativamente en las ventas, porque son marcas que siguen vigentes en el mercado.

 

Empecé hablando de los sobrenombres. Es tradición abreviar o modificar algunos nombres en español para darles un sesgo de afecto. A las mujeres llamadas Angélica, Ángela o Ángeles, solíamos decirles de cariño Gela. Hoy, les llaman /anyi/; A los Robertos les decíamos Beto, hoy son /róber/; para los Gerardos no teníamos sobrenombre ampliamente aceptado, pero hoy son /yerri/; Sergio era Checo, pero ahora prefieren /serch/, /seryi/ y hasta una variante como /seryei/, que suena más rusa que nada. Los Ricardos tampoco tenían un sobrenombre definido, pero han pasado a ser /ríchar/. En el colmo de la inclinación de cerviz ante el imperio, a las Rosas y Rosarios, que antes eran Chayo o Chayito, estas últimas, es común decirles /rouse/, con una /r/ retrofleja característica del inglés y una /o/ que se ahoga para darle forma de una /ou/. Se dice que el imperio estadounidense está en declive, pero mientras cae, su lengua sigue marcando su impronta en todo el orbe.

 

Termino esta resumida revisión al impacto sociolingüístico de voces extranjeras con ejemplos de enunciación de iniciales. LG es una marca de electrónicos coreana. En México hay que decir /elyí/ porque si decimos /elegé/ lo miran a uno raro y feo, como que no sabe uno nada de nada. Al sistema inalámbrico de conexión se le debe decir /uái fái/, porque decir /ui fi/ suena a que no tiene uno idea de lo que está diciendo. Similar pasa con la afamada serie de televisión CSI (Crime Scene Investigation). Decir que no ha visto uno ni un episodio de /ce ese i/ se presta a que el interlocutor confirme el porqué, porque para empezar la serie se llama /ci es ai/, dirá.

 

Las tendencias lingüísticas son complejas y obedecen, como he dicho antes, a diferentes factores, muchos de ellos necesarios y otros de ellos  caprichosos, pero al fin, son tendencias, y como tales, dan la pauta en el grueso de la población. Es probable que lo que hoy salta como un defecto, con el tiempo sea norma y termine “embebido en la lengua”.

 

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