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En plan turista

Salir a provincia en plan turista siempre deja un sabor de insatisfacción. Al final no se pueden negar ni el paisaje ni los buenos momentos que se viven, pero no deja de estar presente la pobreza a la que nos orilla el sistema. A veces es una pobreza combinada con artimañas, como la del hombre que tima con un paseo inexistente. Insiste, hace su lucha y promete todos los atractivos con tal de que uno le compre un boleto. Es un fraude. Uno se pregunta de qué vivirán fuera de la temporada alta. Si no hay turismo, la riqueza del paisaje, las maravillas de las civilizaciones antiguas y todo lo que les rodea deja de tener un valor económico. Es su ahora o nunca -o es lo que uno piensa. Esta pobreza se funde con el abuso. Otra manera de proceder es cobrando descaradamente el doble de la tarifa en el transporte a cualquiera que ande en bermudas o con mochila al hombro.

Hay otras manifestaciones, como la de los niños que llegan ofreciendo sus artesanías o alimentos. Insisten, buscan la palabra que enganche, apelan a lo bueno del producto o a lo bien que le caería a uno. Insisten, y si uno se resiste con nos y gracias, abierta pero lastimeramente piden lo que sea, una moneda para comer o lo que uno tenga a bien darles. Algunos piden ser invitados a comer junto con uno. Es una miseria tal vez practicada como forma de subsistencia, como actividad laboral, si cabe el término, pero al fin miseria. Negarse es quedarse con un sinsabor que amarga lo que uno se lleva a la boca frente a ellos. Darles, es perpetuar el sistema que no lleva a nada, más que a cubrir lo inmediato. Sabemos que una dádiva es insuficiente y seguramente es parte de una cadena de explotación de la que son la parte visible en antros y restaurantes a altas horas de la noche. Muchos de nosotros, a su edad, estábamos bien abrigados y bien comidos en la cama. Ellos van de mesa en mesa; corren tocando las ventanillas ofreciendo lo que les dan a vender.

A otros menores los ponen a aprenderse de memoria datos vacíos o imprecisos sobre las ruinas arqueológicas en las que intentan ser guías de turistas. Sus rostros son los mismos que vemos en los relieves; son herederos de un pasado calificado como mágico y venerado en las revistas y los museos, pero de esa grandeza apenas conservan la fisonomía, porque su ropa, su mirada y su precaria subsistencia dicen algo muy diferente. Vanamente se esfuerzan por explicar convincentemente el pasado de sus ancestros.

Ir de turista confirma el gran rezago que las burbujas de aparente bonanza de las urbes ocultan. Es un atraso evidente, innegable y ante el cual las vacaciones adoptan otra cara. Volvemos a las grandes ciudades con las fotos de lugares maravillosos, los sabores y el recuerdo del aire respirado, pero con la sensación de haber visto, aunque sea de paso, una miseria perenne ante la cual parece que somos incapaces de hacer nada.

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