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Artífices del derroche

noviembre 20, 2011 22 comentarios

De entrada, el título en español es considerablemente más elegante que el original “The waste makers”. En artífice y derroche hay un cierto sabor a alcurnia que al final no tiene  nada que ver con los sujetos a los que se aplica el epíteto. El derroche, la invención de necesidades absolutamente vanas, y carentes de sustento real, ha sido la especialización del sistema  para mantenerse a flote. Las prácticas comenzaron a gruñir más y  más desde el final de la segunda guerra mundial. Más de cincuenta años después la gallina sigue dando huevos de oro y cada día aparecen más y más cosas o versiones de cosas completamente prescindibles que no acaba de sorprender al ávido público, tan glotón en consumo de cosas (¿bienes?) como de comida (en el caso de México). Ejemplos hay mil. Uno que no me acaba de sorprender  (porque acá todo son sorpresas) es el del agua embotellada. A la tienda del Nieves, donde frecuentemente paso a perder un poco el tiempo, la gente llega pidiendo una Bonafont de a litro. No tengo Bonafont, dice el Nieves, sólo e-pura o ésta (de una marca x). Ay, no, gracias, es que quiero agua ligera. Qué enorme mamada ha logrado la puta publicidad: un agua de marca ya es el colmo del consumismo y la medalla de oro para el sistema. Lograr vender el agua simple sonaría tan insulso y sorprendente  para un hombre sensato del siglo XX en sus inicios, como descabellado y usurero, por decir lo menos. Ya pedir un vaso de agua en una  fonda, no digamos en un restaurante mediano, suena de loco.  Igual en el restaurante mediano sacian  esa extravagancia, porque tomar agua se ha puesto de moda, y si es de marca x o, mejor dicho, Bonafont o Evian o similar, mejor.

De la tienda del Nieves tengo otro ejemplo. Llega un hombre más  o menos de edad madura, algo fornido, macizo, pidiendo  un Suavitel momentos mágicos. Chingo a mi puta tía veinte veces. ¡Momentos mágicos! Vamos, pues. Hasta la enunciación de la marca, la cosa va, pues a cualquiera le toca que la señora  lo mande a la tienda  cuando está a punto de lavarle a uno los calzones y se dé cuenta  de que le falta el champucito que oculta el suadero que deja uno en los calzones, pero el nombrecito mariconazo  de momentos mágicos ya es como para empezar a sospechar. Pues va el Nieves al anaquel, vuelve y le dice este, momentos mágicos se me terminó, pero tengo sin enjuague plus, normal y aroma sensaciones. Si el viejo iba mal, el Nieves  acabó de hacerle segunda. Y dice el cabrón viejo tirando por la borda cualquier asomo ya no de hombría ni de machismo, sino de entereza, cordura, de firmeza individual  elemental: este, deje le digo a mi señora que nomás hay de ésos.

Y uno piensa: ¿en qué momento el sistema pudo incrustar en la gente  la distinción entre un puto momento mágico y sensaciones relax sin enjuague? En los tiempos de ese pobre viejo ni Suavitel había. Ya lavar sus camisas con agua y algo de jabón ordinario era ganancia. Adobar las garras con momentos mágicos  ya está más allá de la comprensión. Y en mis tiempos había un puto Suavitel y listo, de un solo tamaño y ya. Hoy hay una familia de estos champús que da miedo.

Empieza con el regular, o sea la mala traducción de normal u ordinario. Ya aquí ya hay 3 variantes: fresca primavera, fresco aroma de sol y baby. Nótese cómo hasta la sintaxis la deforman, ya no hablemos del léxico. En lugar de poner primero el sustantivo y luego el adjetivo, ponen fresca primavera, traído sin más del inglés.

Los que no tienen enguaje tienen hasta bouqet: 5 variedades más para darle en toda la madre al medio ambiente y acrecentar la cantidad de toneladas de plástico que se acumula todos los días y los millnes de litros de agua que se contaminan. Van 8

Aroma sensaciones. Yo tengo la sensación de que ya se volaron la barda con tanta mamada de aroma y no sé a qué huela esa sensación. Y el problema no es con los aromas, sino con la manipulación de la gente. Insertan la firme creencia de que el aroma nalguita de bebé pachón, no es el mismo que cualquier otro o que hace un efecto diferente en la camisa, suéter o cobija.  3 variantes más, lo que hace 11 posibilidades de fastidiar a la gente. Más los tamaños, chicos, medio chicos, randes, maxi grandes, grandes plus, etcétera.

Desafortunadamente, este fenómeno tiene muchas comparaciones, como las leches alpura y lala en tetrapack, que van desde la de niño y niña hasta la de abuelo y abuela, pasando por la leche para cuarentonas y cuarentones, la deslactosada, la más o menos un poco pero no muy semideslactosada y así literalmente, ad nauseam. En Artífices del derroche se menciona  que ya desde los 50 en Estados Unidos  había desodorantes para él y para ella. Era la simiente para abusos extremos como el rastrillo para mujeres: los pelos de la cara de un hombre, sostienen,  no se comparan con los del sobaco de una dama.

Artífices del derroche / Vance Packard. México: Editorial sudamericana, 1983.

Niños con macetitas y perros enyesados

noviembre 20, 2011 Deja un comentario

Creo que ya no asombra la pérdida de la capacidad de asombro. No creo que tenga que ver la edad o el hecho de estar en una mega ciudad o la educación. Tampoco estoy muy seguro de si nacemos sensibles y nos vamos desensibilizando. El punto es que pasamos junto a la miseria, la injusticia y la tragedia y la situación no nos detiene, no nos acongoja u orilla a detenernos y hacer algo. Simplemente pasamos o dejamos que pase. Una creencia hindú dice que uno no puede interponerse entre la persona y su karma; a quien le corresponde sufrir, debe hacerlo y uno no debe conmiserarse porque ese sufrimiento es parte de su paso por la vida y tiene una causa que debe desahogarse o limpiarse con el sufrimiento que vemos que la persona padece. Esta postura está de maravilla, porque nos lleva al bien conocido apotegma de Mad: “What, me worry?”.  Pero no se puede ser tan pragmático y dejar que todo pase sin que nos roce ni nos mueva.

Ayer, pasando por una veterinaria, un cachorro de perro de raza mediana tenía una pata enyesada. Estaba dentro de una jaula en la que apenas cabía de pie; con el traste de comida dentro, no podía echarse debido a la pata enyesada. Afuera, un perro cruzado con pastor alemán cargaba un pelaje que ya tenía pocos pelos sueltos, pues todos estaban comprimidos en mojones de mugre. Era como un tapete de pelos unidos con grasa que caminaba con mucha dificultad; parecía que ya le había avanzado alguna enfermedad y ya no le quedaba mucho tiempo de vida. Una niñita que pasaba le decía: perro mugroso, fuchi, perro mugroso. Ni el enyesado ni el mugroso merecían estar así ni la niña merecía tampoco una educación que tan tiernita ya la hiciera mostrar desprecio. Más tarde, por el centro, ancianas pidiendo limosna. Un niño se acerca a la mesa del restaurante a vender macetitas con plantas. Dice que son a treinta (no, gracias), luego a veinticinco (no, gracias) y baja hasta quince en menos de medio minuto. Murmulla que es para un taco porque no ha vendido nada. El ojo entrenado y frío sabe que esos recursos se los han enseñado para causar pena y vender y seguirlos explotando. ¿Y por eso ya no debe preocuparnos?

Lo mismo podemos pasar junto a personas echadas con el pie amoratado a punto de reventar saturado de pus expuesto con una receta en la mano (decimos que es un truco); junto a un hombre sin piernas en los pasillos del metro (decimos que por lo menos gana más que uno, porque le va re bien pidiendo y sin hacer nada). Lo mismo aplica para los limpiadores de semáforos, vendedores, franeleros y miles y miles de personas en esta ciudad.  Tal vez no todos entran en la misma línea, pues puede pensarse que un vagonero vagonea por elección, mientras que el amputado pide por necesidad. Tal vez no es fácil emitir juicios de justicia sobre la diversa población de esta ciudad (o no es fácil respetar el karma que mencioné), pero me sigue pareciendo inicuo que una niña venda chicles en los bares de la zona rosa a las 12 de la noche con un vestidito ralo encima mientras que yo a esa edad estaba bien tapado, bien cenado y bien cuidado.

Los otros californios

noviembre 14, 2011 5 comentarios

Le preguntan que si se siente pobre. Él vive en un lugar de las  sierras de Baja California Sur, muy trepado en las lejanías, labrando un huerto y viendo pasar a una persona cada tantos días. Contesta que pobre es el que anda mendigando en las calles, el que no sabe ni quiere hacer nada. Quien se sabe ganar la vida, dice, no es pobre: “yo no me siento pobre”. Y detrás de él la inmensidad del desierto, tan lejos que ni la pobreza o su concepto alcanza a llegar.  La fotografía y el sonido se subliman en Los otros californios, de César Talamantes (2010), documental que retrata la vida de los rancheros en las sierras yermas, inmensas y soleadas del sur de la península norte. Son ranchos que salpican escasamente el terreno, donde casi no hay niños ni jóvenes y cada vez queda menos gente.  A veces hay que ir 5 o 6 horas a caballo por estrechos caminos para bajar a una carretera y hacer varios kilómetros en troca para llegar a un pueblo. Y la gente no cambia esa vida. Kilómetros y kilómetros de terreno y la carencia conduce a la gente a vivir en endebles y estrechas chocitas lóbregas, con  trebejos hacinados  y sin los llamados servicios básicos. Amontonados en cuartitos oscuros cuando afuera tienen 15   horas de sol al día casi todo el año. La estrechez económica pero también la de contacto con gente enterada, limita que aprovechen la abundante energía solar y utilicen materiales de construcción para erigir espacios menos opresivos. Un espacio para vivir no es un lujo, y menos debe serlo en esas inmensidades.

Los atardeceres son incendios púrpuras con un azul que se va retirando y nubes que la cámara hace desfilar deprisa enfocando una luna que ya se asoma. Parece que no hay teles; teléfonos no se ven y señal de celular no parece que haya; internet menos. Hay un radio de onda corta con el que se contactan entre sí ranchos y poblados. Pero hay un niño obeso, como los que ponen de ejemplo en la publicidad para evitar la obesidad infantil,  entre señoras recias de rostro curtido y bonachón. ¿Cómo le hicieron para poner al niño así esos californios enjutos, ajados, marcados por el sol, el trabajo, el tanto andar, acarrear y batallar? Se le ve tan mórbido y fuera de lugar al nene…

El director deja que la lente se le vaya a los pequeños detalles que el ojo curioso aprecia, como una rama zoomorfa en el contraste del atardecer, los silencios que uno no espera escuchar o los colores de una bola de hilo anegada de la luz del sol. Un cuentacuentos allá arriba se valora y se requiere, pero él mejor ya se grabó casets que la gente le puede comprar, porque sabe que los cantantes acostumbran morir pronto y él se cuida: quiere seguir viviendo. Un baile en esa inmensidad bien vale horas de camino, porque puede ser el único lugar en el que la poca gente dispersa que queda se vea, se toque y tal vez se escape, para quedarse o para emigrar.

Limpiar el agua, cuajar quesos, apaciguar animales y cuidar el huerto  deben de ser suficientes problemas como para atender al México de acá abajo que se lo carcome la violencia, el narco, los dimes y diretes entre cerdos, vacas, caníbales y reyezuelos.

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La mujer que cantaba (Incendios). Denis Villeneuve, 2010

En el caso de gente que ha padecido la guerra, su pasado puede ser una serie de historias  de terror que rebasan lo que uno cree que es el límite de lo humano. La gran industria de la guerra tuerce la naturaleza: de una  flor hace una bala, del goce del canto un escudo para mitigar los alaridos de la tortura que le infligen al de la habitación de al lado o a uno mismo.

Abu Tarek nace del amor condenado por dos culturas diferentes. La madre se ve obligada (siempre la puta religión mediante) a deshacerse de él. La guerra se desata, comienzan los desplazamientos, los ataques y ella se arriesga a buscarlo pero en vano. La religión, el motor de los grandes conflictos de la historia es, una vez  más, el que desata odios y atrocidades entre fieles e infieles, entre cristianos y musulmanes, separados por el credo y hermanados por la estulticia y la obcecada violencia.

Nawal Marwan, la madre de Abu, vive las pesadillas que convierte en realidad la guerra. Se involucra en la resistencia  anticristiana sin la pasión religiosa pero con la ira de una madre a la que le arrebatan a su hijo y la de una persona que vive de cerca lo demasiado humano del humano. Porque decir “lo salvaje, bestial o animal” del hombre, no cabe. Ninguna bestia, animal o salvaje hacen lo que hace un creyente con una mano en un arma y la otra en la bragueta. Ejecuta la orden de asesinar a un funcionario del gobierno cristiano.  Ese crimen la llevará de vuelta con su hijo perdido varios años atrás. Abu Tarek, quien adopta ese nombre una vez que se ha convertido en una afilada máquina de torturar,  es ahora un asesino que ha matado lo suficiente para alcanzar la insensibilidad que le permite  matar y violar a quien sea.

Años más tarde Nawal muere en Canadá como una común y corriente secretaria de un notario. A él le encarga que se cumpla su última voluntad: que sus hijos, un par de mellizos, Jeanne y Simon, entreguen sendas cartas a su padre y a su hermano mayor; de este último ignoraban su existencia y del primero suponían que había muerto. La otra parte de la voluntad es que la entierren boca abajo sin lápida ni la menor ceremonia. Es su postrera expresión de odio a la humanidad más ruin que padeció en los años setenta en la agitada Palestina. Los hijos, jóvenes veinteañeros, aprietan los dientes de coraje ante las extravagancias de una madre que para ellos lo mejor que pudo hacer ese bicho raro alienado del mundo “normal” fue morirse y dejarlos en paz.

Del origen de esa misantropía ignoran todo y tampoco tienen mucho interés en conocerlo. Pero una vez que empieza el viaje hacia Palestina, que es donde deben buscar su pasado, comienzan a descubrir  que ni ellos ni ella ni el padre ni el hermano, son quienes creían ser.

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A la mar

Un presunto rito de paso  que quiere hacer un padre pescador, que cumple cabal el estereotipo playero,  con su chiquillo de 6 años antes de que la madre se lo lleve a vivir a Italia. Así planteada, la historia no suena mal, pero Pedro González Rubio, el director, no le saca ni una gota de jugo a la trama. La película está tan carente de todo, que no tiene ni con qué detener los adjetivos que quiera uno colgarle. Un dvd de 5 pesos completamente prescindible que se puede ir a la pila de los discos que va uno a regalar en la próxima oportunidad.

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Broken Penguins

Saving broken Penguins, one page at a time.

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